GARTH
BROOKS,
“No
Fences”, 1990, (Pearl/SONY)
Hay un grupo o cantante de éxito en el
rock cada cinco minutos, pero en la música country, si haces una canción de
éxito la gente te querrá para siempre”. Kenny Rogers
Una de las cosas que más me ha gustado desde siempre cuando
leo críticas y reseñas de rock es la oportunidad que te brindan para imaginar
cómo podría sonar una canción antes de escucharla. Durante un rato, y solo
leyendo unas pocas palabras tu cabeza empieza a relacionar adjetivos y
referencias que te preparan para abordar la música de manera guiada. Me pasa
con casi todo lo que leo incluyendo las revistas snobs que se inventan géneros
y que me hacen reír muchísimo. Lo divertido lógicamente viene después, cuando una
vez escuchado el disco en cuestión uno extrae sus propias conclusiones y hace
con esa música lo que le da la gana, amarla, odiarla, abandonarla…Yo llegué
hasta Garth Brooks leyendo un pasquine de vacas, maquinaria de grano y motores para
tractores. Muchos de mis compañeros de escuela en Ohio leían revistas de
temática granjera, iban a clase con sombreros de cowboy y gorras de rejilla con
logos de gasolineras, un disfraz realista a medio camino entre una película de
John Wayne y los paisajes rurales de Steinbeck, unos atuendos de otro planeta que
he de reconocer me encantaban. La América profunda es muy profunda no cabe
duda, pero un lugar también fascinante.
Garth
Brooks en 1989 no era gran cosa. Bueno, era una promesa con una gigantesca
(América es gigantesca ya saben) pléyade de seguidores y también detractores
que veían en él la pócima definitiva capaz de reinventar el cada vez más
anticuado y repetitivo género Country, lo cual le otorgaba un enorme valor y también
una tremenda exposición. Mis conocimientos sobre el género que quieren que les
diga, a pesar de que disfruto mucho con las dosis exactas de cantautor cowboy en
según qué momentos no soy ni de cerca un especialista. Y en 1989 mucho menos. Pero
me divierte mucho, no puedo evitarlo. Las botas camperas, los sombreros
tejanos, los discursos de derrota y desamor cursis y poéticos a medio camino
entre el folk, el blues y el rock and roll tan propios del género Country
tienen un no sé qué que lo hace irresistible. Garth Brooks, añadiéndole el componente
pop lo hizo además accesible a los menos integristas permitiendo que millones
de advenedizos como yo disfrutaran de manera ligera con el género sin necesidad
de calzar espuelas.
El
caso es que la vecina de mí casa que se llamaba Wanda y tenía una hija monísima
que montaba todo el rato un caballo enano me invitó a la gran feria del ganado
local, sin duda el acontecimiento más importante del año en el pueblo de
Sunbury, una diminuta localidad con menos de 5.000 habitantes al norte de
Columbus, un lugar perdido entre grandes carreteras en dirección a la ciudad de
Cleveland.
La
gran feria del ganado (no tenía nombre, solo se referían a ella como The Big Fair) se hacía en un lugar
insólito. Si, allí las cosas las hacen donde les da la gana y su feria de vacas
y cerdos se hacía en un circuito de coches, uno de esos con forma de elipse con
los autos dando vueltas a toda pastilla y los animales (los de cuernos y los de
sombrero) en el centro, comiendo paja o costillas en salsa barbacoa como si no
hubiera un mañana. El Speedway de
Columbus no era el circuito de Indianapolis pero daba bastante el pego.
La
hija de Wanda, la del caballo enano, participaba en una exhibición ecuestre de
primera. Allí no había ni rastro de caballos andaluces haciendo figuras con las
manos, ¡qué va! En esa América se llevaba el chaleco de cuero y atar con lazo
vaquillas del tamaño de un bisonte. Los muchachos del pueblo disparaban contra
latas de gasolina colocadas sobre grandes bloques de heno en unas casetas
preparadas para el tiro (con revólveres de verdad, nada de escopetas de feria ¡esto
es América!) mientras los mayores bebían cerveza con sus sombreros y botas
relucientes durante las sesiones de muestra y tasado de las bestias. Al fondo,
en un escenario coqueto y también bastante hortera y luchando contra el volumen
atronador de tractores y coches una banda de country amenizaba el cotarro.
No,
Garth Brooks no se asomó por allí, aunque hubiera estado genial. La banda
interpretaba sin descanso éxitos de Merle Haggard y Johnny Cash, temas de Guns
n’ Roses y Poison en clave hillbilly y sobretodo versiones bastante aceptables
de Dwight Yoakam, artista de Kentucky pero vecino de Columbus desde niño y una
especie de ídolo local como lo es Joaquín Sábina para los madrileños a pesar de
ser de Jaén, no sé si me entienden. Pero aquella pequeña banda de versiones
honky tonk y western swing tocó hasta 3 veces por insistencia popular “The
Dance”, el éxito del primer disco de Brooks, mi primer contacto con su música
siendo cronológicamente exactos. Un año más tarde más o menos encargué en la
tienda de discos Toni Martin una copia de su álbum No Fences, disco que durante un buen rato se convirtió en banda
sonora de mi post adolescencia para pasmo de mis amigos.
Con
20 años escuchaba a Thin Lizzy y a la Creedence, y tuve durante un cuarto de
hora un apego verdadero por los sonidos urbanos domésticos de Burning o Leño.
La canción “Domino” de Van Morrison me ponía de muy buen humor (lo sigue
haciendo) y la segunda parte del “School” de Supertramp en la versión en
directo de Paris me hacía hacer cosas
muy idiotas con las manos tocando un teclado imaginario y (a veces) corretear
por mi habitación en plan rock star. Había atravesado razonablemente bien mi
etapa melenuda con los riffs de AC/DC y lo pasaba estupendamente haciendo
playback con el “Kayleigh” de Marillion
y “Rock you like a hurricane” de Scorpions. Durante aquellos años
llevaba una gorra roja de pana con el logo de la universidad de Ohio y cada vez
que escuchaba el éxito del No Fences
de Brooks “Friends in Low Place” en clave Honky Tonk me acordaba de la muchacha
de pelo rizado que montaba sobre un caballo enano. Un verano perdí mi gorra de
Ohio en una playa de Málaga, y coincidencia o no, mi disco de Garth Brooks
también desapareció con aquella ola.
Garth
Brooks es una figura esencial para entender la música country. Claro que están
Cash y Haggard, y Nelson, Seeger y Hank Williams y otros muchos nombres
fundamentales entre los que no puede faltar el de Brooks por mucho que le pese a
los yihadistas del country. Brooks se
convirtió en el verdadero motor de la popularización global del género luchando
contra los puristas (hay snobs en todas las familias, no se vayan a pensar que
es una cualidad exclusiva del gafapastismo). Su mezcla de country, honky tonk,
folk-rock, grandes baladas y la dosis suficiente de pop mainstream le
convirtieron en perfecto embajador del sonido cowboy sin excluir a los que
renegaban del vaquero clásico. Y mucho más importante (especialmente para su
cuenta corriente claro): Brooks relanzó el country a las listas de éxitos,
compitiendo en discos de platino con Prince, Michael Jackson y U2, algo que
Johnny Cash o Willie Nelson no pudieron siquiera imaginar.
No Fences ha vendido más de 13 millones de discos, una barbaridad
para cualquier artista sea del género que sea. Después de su desembarco en las
listas de éxito muchos otros artistas country gozaron también de enorme
popularidad en las listas de pop y de ventas. Las barreras que los defensores
del sonido tradicional habían protegido como coto exclusivo cayeron para
siempre, y todo gracias a un tipo de Oklahoma que cantaba baladas con un
micrófono inalámbrico como el de Madonna y los domingos tomaba Martini seco con
Mick Jagger o Bono.
Brooks
viajó de Oklahoma a Nashville muy joven buscando un contrato discográfico, algo
que consiguió en 1988. Travis Tritt, Alan Jackson y Randy Travis dominaban el
country meloso pero en tan solo un año Brooks se los merendaría a todos.
Después de un debut titulado con su nombre, No
Fences incluía hasta 4 sencillos números uno: “Friends In Low Places”,
“Unanswered Prayers”, “Two Of A Kind, Workin’ On A Full House” y “The Thunder
Rolls”, todos ellos indudablemente temas considerados country pero con las
primeras semillas de su aproximación pop bien plantadas.
“Friends
in low places” incluye un estribillo perfecto para berrear en un bar cargadito
de Budweiser y mover ligeramente los pies y “Two of a kind…” tuvo tal
exposición que incluso alguien de Cuenca o Albacete que jamás hubiese escuchado
una sola canción country en su vida sería capaz de reconocerla.
Como
decía No Fences contiene una buena
colección de canciones para borrachos de bar, algo a lo que particularmente no
le veo nada malo teniendo en cuenta que los Ramones construyeron parte de su
leyenda a base de guitarrazos de Pub Rock y a todo el mundo le pareció algo
estupendo. Títulos antiguos como “Beer run” o “American Honkey-Tonk Bar
Association” retratan muy bien el espíritu lúdico de Brooks. Pero ojo que no
todo aquí es fiesta de garrafa, “Wild Horses” es una estupenda combinación de balada
y medio tiempo y una de las favoritas del disco, “Mr.Blue” funciona como
instrumento honky pop, “New way to fly” suena a Kenny Rogers, “Same Old Story”
es rock adulto bastante bien hecho y “Unanswered Prayers” a pesar del tono sentimentalón
de pop cristiano tiene una estupenda melodía.
Para
lograr despertar la atención de millones de americanos (se calcula que Brooks
ha vendido más de 150 millones de discos a lo largo de su carrera) se necesitan
buenos álbumes, y No Fences lo es. El
hecho de que además los más fieles seguidores del country escuchen y conozcan
tu música lo suficiente como para odiarte es la prueba definitiva de que has
alcanzado el éxito. El disco ha envejecido bien, es disfrutable en cualquier
momento y tiene la gran virtud de no excluir al oyente por mucho que desconozca
las raíces del cowboy de salón. No es fácil escuchar a Brooks en la radio (ni
siquiera está en los servicios de streaming) así qué yo lo hago pinchando una
escucha perfectamente resumida en CD de su grandes éxitos “The Hits”. Ahí está
casi todo lo bueno de No Fences y
otro buen puñado de canciones valiosísimas de música americana de primera. No
acercarse a la música de Brooks por puro ejercicio de estilo de élite es tan
bobo como despreciar determinadas canciones por el hecho de sonar en emisoras
comerciales, una oportunidad perdida para comprender los orígenes del country
pop y su transición desde el granero de pueblo al escenario de estadio.
La
música Country está tan íntimamente ligada a la cultura norteamericana que no
resulta extraño el escrutinio permanente que sufrieron las canciones de Brooks
durante los primeros años de su carrera. La música debía sonar ruda y primitiva
y contar historias salvajes tal y como lo hacían las canciones de Hank
Williams. Ciertamente Brooks no era rudo, ni siquiera un poco primitivo y
francamente sus canciones eran todo menos salvajes, ni falta que le hacía. Por
lo general sus críticos solo veían a un muchacho de Oklahoma cantando canciones
pop vestido con un disfraz de campesino, alguien que hizo que el country se
convirtiera en cosa de flojos y tíos ñoños que cantaban idioteces sobre ir a pescar,
hacer barbacoas o citar a Jesucristo a la más mínima oportunidad.
La
categoría de icono country no es exagerada cuando hablamos de Brooks. El tipo
puso de moda el género en 1990 y abrió la puerta a nuevos talentos bastante
aceptables como Tim McGraw y cosas algo menos relevantes como Keith Urban. No
cabe duda de que paseo sus cancioncillas fuera del clasicismo y espíritu
original que Cash o Nelson reivindicaron durante los años 60 y 70. Lo curioso
es que las canciones de Brooks recuperaban el brillo de los trajes y corbatas
de nudo de la década delos 50 pero ahora con una producción decente y un equipo
de marketing capaz de vender sal en el desierto. Muchos le acusan exactamente
de todo lo contrario (utilizar los estereotipos del country clásico para
enmascarar canciones pop intrascendentes) aunque siempre con la boca pequeña.
Es verdad que Brooks dio brillo y llenó de estribillos cada uno de sus discos
aprovechándose del factor emocional del country en América. No es exactamente
lo mismo pero me sirve como ejemplo; en España el Flamenco es algo instaurado y
respetado. Todos sabemos lo que es y representa a pesar de que muy pocos lo
conozcan de verdad. Imaginen que mañana alguien que hace una música similar a
la de Enrique Morente empieza a sonar en los 40 principales, lidera las listas
de éxitos y llena estadios por toda España. Se trata de un ejemplo imposible pero
puede ilustrar bien la hazaña de Brooks en USA.
Cuando
vuelvo a la chica del caballo enano (ojalá recordara su nombre) no puedo dejar
de pensar en las canciones de Garth Boroks. En aquella feria de ganado en un circuito
de velocidad disparé balas de verdad con un revolver que pesaba una barbaridad.
Mi amigo Joe Rammelsberg (un animal de casi dos metros que se había construido
un granero de dos pios usando tan solo las manos y un martillo en menos de una
semana) llevaba una especie de auriculares que amortiguaban el increíble
estruendo de los disparos mientras el resto de muchachos paseaban por las
casetas con sus pistolas como si tal cosa. –Oscar
te toca, ahora te toca a ti- decían, y yo apretaba el gatillo sintiendo
toda la fuerza del retroceso de la pistola desde la punta de los dedos hasta algún
musculo desconocido justo detrás de los hombros. No Fences es música country verdaderamente americana igual que
disparar balas, seguramente se trata de una comparación simple como lo es un
western de sobremesa, pero ¿quién quiere sofisticación cuando baila música
honky tonk?.
Si,
Garth Brooks está mucho más cerca de Chris Martin o George Michael que de
Johnny Cash y es esa precisamente la razón por la que sus canciones funcionan.
Y es verdad que de no haber sido por él muchos de sus fans serían hoy
seguidores de Madonna o Eminem vete tú a saber. Si de pasarlo bien se trata,
Garth Brooks ofrece dosis sobradas de diversión y temática más o menos
insustancial ideal para recoger la cocina o doblar ropa (yo lo hago). Más de
uno debería leer detenidamente algunas canciones de Pink Floyd o Radiohead para
discernir el verdadero significado de la palabra insustancial y darse cuenta de
que en determinados momentos hablar de comer hamburguesas o escribir canciones
sobre camiones con grandes ruedas no tiene absolutamente nada de malo.

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